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En la serie “Precht” de la ZDF, Richard David Precht conversó el 10 de mayo de 2026 con la escritora Juli Zeh sobre el estado del debate público y el papel de la democracia en la era digital. Precht y Zeh son dos de los intelectuales públicos más conocidos de Alemania, y hacia el final Zeh planteó una pregunta que quedó flotando y que dio origen a este texto: hablamos sin cesar de defender la democracia, pero ¿podemos decir realmente qué entendemos por ello? La frase suena consensual. “Tenemos que defender la democracia” es una de las pocas frases con las que todavía cabe esperar asentimiento desde todos los lados. Justamente eso la hace sospechosa. La fórmula presupone que su objeto es conocido. Todos creemos saber a qué se refiere. En cuanto hay que describirlo, se vuelve difícil. **Dos respuestas que no sostienen** A la pregunta de cuál es el valor común hay dos reacciones habituales. La primera nombra un contenido. Libertad, igualdad, dignidad, derechos humanos. Quien se remonta más atrás dice nación, religión, tradición compartida. Ernst-Wolfgang Böckenförde acuñó el célebre dictum de que el Estado liberal vive de presupuestos que él mismo no puede crear, y lo que se quería decir eran fuentes como la fe y el mundo vivido compartido. En la conversación esa línea aparece con amplitud. El problema: esos contenidos densos vinculan a través de la igualdad. Quien comparte el contenido pertenece. Quien no lo comparte queda fuera. La tesis que aquí se defiende dice: en una sociedad fácticamente plural, un consenso de valores denso y abarcador solo puede producirse mediante la exclusión, o queda en ficción. Cuanto más denso y abarcador se determina el canon, con mayor agudeza se plantea la pregunta de qué formas de vida divergentes sigue incluyendo. Y las fuentes antiguas no vuelven a la primera llamada. La segunda reacción se refugia en el procedimiento. El objeto común pasan a ser entonces las reglas, la Ley Fundamental y el patriotismo constitucional. Zeh encuentra para ello una imagen que se queda: una hoguera que no calienta. Las reglas siguen en pie formalmente. Pero ya no producen vínculo. Forma sin calor. Así, la pregunta queda sin respuesta. El contenido denso excluye. El procedimiento delgado no calienta. Ninguno de los dos caminos lleva adonde la frase quiere ir. **Una tercera posibilidad** ¿Y si el valor común no fuera en absoluto un contenido? La pregunta presupone que la respuesta tiene que ser algo sobre lo que se llegue a un acuerdo de contenido. Una profesión de fe, un catálogo, un relato. Quizá el error esté ya en la forma de la pregunta. Una orientación hacia las condiciones bajo las cuales contenidos distintos pueden coexistir podría ocupar el lugar de la coincidencia de contenido. Pueden nombrarse tres condiciones de ese tipo. Que los participantes puedan determinarse a sí mismos, no ser teledirigidos desde fuera. Que puedan vincularse entre sí sin tener que volverse iguales. Que el conjunto pueda mantenerse transformándose, no endureciéndose. Autodeterminación, vínculo por encima de la diferencia, mantenimiento mediante el cambio. Esa es la punta incómoda: una sociedad no necesita ponerse de acuerdo sobre qué es la vida buena para saber qué defiende. Tiene que proteger las condiciones bajo las cuales la pregunta por la vida buena puede negociarse abiertamente. El valor común consiste en mantener abierto el espacio en el que las respuestas pueden disputar. **Por qué el consenso es lo equivocado** Eso tiene una consecuencia que contradice la retórica de crisis habitual. Si la diferencia es la condición del vínculo constructivo, el clamor por más consenso de contenido puede agravar el problema. No se trata del consenso procedimental sobre las reglas de la disputa, sino de la homogeneización de los contenidos sobre los que se ha de disputar. Precht describe en la conversación cómo el espectro político se extendía antes ampliamente de izquierda a derecha y cómo era justamente de esa fricción de donde surgía el movimiento. Hoy se yergue un gran centro, en gran medida de acuerdo en las cuestiones decisivas, que aparta los márgenes con desprecio. El resultado es el estancamiento, aunque parezca estabilidad. Una sociedad que allana sus diferencias pierde exactamente aquello que la mantiene unida. El vínculo vive de la diferencia. Donde todos piensan lo mismo ya no hay nada que vincular. Esto vale también para la otra forma de unidad que ahora tiene auge: la cohesión frente a una amenaza. Contra un enemigo exterior, contra un peligro percibido como desmesurado. Esa unidad sabe a comunidad, pero vincula hacia dentro excluyendo hacia fuera. Es algo distinto de la cohesión que surge cuando unas personas resuelven juntas una tarea y pueden seguir siendo distintas. **De qué vivía realmente la democracia** Queda una pregunta que subyace a todo esto. Si la democracia pareció tan estable durante décadas, ¿de dónde venía esa estabilidad? Precht da una respuesta desengañada. Mientras la prosperidad crecía, era fácil ser un buen demócrata. El crecimiento proporcionaba el sentimiento de libertad, fundaba la cohesión a través de un consumo creciente y sostenía el apego a la Constitución, porque la Ley Fundamental acompañaba el ascenso. Si se sigue el diagnóstico de Precht, aquí un único pilar actuaba sobre varias dimensiones a la vez. Mientras crecía, la construcción se sostenía. En cuanto encoge, cae más que la mera prosperidad. Eso explica una extraña doble estructura de nuestra situación. A la mayoría de la gente le va bien personalmente, el miedo al propio puesto de trabajo es más bajo que nunca, la satisfacción vital es alta. Y aun así una mayoría considera amenazada la cosa pública. La preocupación apunta al conjunto, aunque al individuo le vaya bien. No es una contradicción. Es el ruido de un pilar que cede, mucho antes de que la casa lo note. **Qué queda por hacer** Quien mira así la democracia no busca ni el contenido común perdido ni el próximo gran relato de renovación. Pregunta con más sobriedad: ¿fortalece esta medida la autodeterminación de los afectados o la sustituye por un mando externo? ¿Compra la cohesión mediante la uniformización o mediante un enemigo, o deja subsistir la diferencia? ¿Se mantiene el sistema por capacidad de adaptación o por endurecimiento? Eso consuela menos que un sentimiento de nosotros que caliente. No proporciona ninguna hoguera. Pero responde a la pregunta de Zeh sin excluir a nadie, y sin fingir que la unidad perdida pueda recuperarse a fuerza de palabras. → El breve análisis completo “¿Qué defendemos? La democracia y el valor común” está disponible en Descargas, con las cifras de la erosión de la confianza y del centro, la distinción entre crisis real y crisis invocada, y los límites del enfoque.

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